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La fiesta en el Gigante de Acero: hinchas de Bolivia e Irak llenan Monterrey de cánticos y color

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Una bandera roja, amarilla y verde se extendía sobre el techo de una camioneta mientras cientos de hinchas bolivianos cantaban y saltaban frente a una tienda de conveniencia en los alrededores del estadio. La escena se repitió en puntos de llegada y en los accesos al Estadio BBVA, conocido como el Gigante de Acero, donde la presencia de la afición sudamericana se hizo notar con bombas de humo y trompetas de plástico que marcaban el pulso de la celebración.

La alegría no fue solamente visual: jugadores y cuerpo técnico de Bolivia vivieron el recibimiento en la puerta de su hotel, y el ambiente —según relatos de simpatizantes presentes— estaba cargado de esperanza tras el triunfo que clasificó a La Verde a la final del repechaje. En el estadio de Monterrey, Bolivia protagonizó la remontada contra Surinam y se alistó para enfrentar a Irak por el pase al Mundial 2026.

En contraste y a la vez en paralelo, seguidores de la selección iraquí también pusieron su sello en la ciudad. Grupos de aficionados se concentraron en la Macroplaza y en el centro de Monterrey para animar a su equipo, con pancartas, cánticos y banderas que transformaron calles y plazas en pequeñas islas de color y ruido antes de la definición dentro del Gigante de Acero.

El pulso de la jornada combinó diferentes ritmos: por un lado, la nostalgia y la devoción de bolivianos que viajaron desde distintas regiones para repetir una experiencia mundialista que no ocurre con frecuencia; por otro, la presencia organizada de seguidores iraquíes que aprovecharon espacios públicos de la ciudad para mostrarse y acompañar a su selección en la previa del partido decisivo.

Las imágenes del día dejaron escenas repetidas: grupos entonando himnos, aficionados pintados con los colores de sus países y familias que observaban el paso de las delegaciones. La música de bandas locales y los instrumentos de los visitantes se mezclaron con los sonidos del tráfico y la logística propia de un evento internacional que tiene en Monterrey una escala importante del calendario rumbo a la Copa del Mundo.

En el césped del estadio la tensión era otra forma de comunión. Tras la semifinal que dejó a Bolivia en la final, el ánimo en las tribunas prometía ser masivo y efusivo; autoridades y organizadores trabajaron en la logística para la entrada y la seguridad, mientras la ciudad vivía la doble experiencia de ser sede y ser anfitriona de hinchadas con historias muy distintas.

Más allá del resultado deportivo, la jornada en Monterrey mostró cómo el fútbol puede convertir diferencias culturales y distancias geográficas en un momento compartido: cánticos, banderas y rituales de aliento que, por unas horas, hicieron de la ciudad un punto de encuentro entre comunidades que vinieron a buscar el mismo sueño mundialista.

Al final, entre cantos y despedidas, quedó la impresión de una fiesta que —según quienes se acercaron a la antesala del repechaje— resumió la mezcla de ilusión y nervio propia de quienes viajan para acompañar a su selección, y de un estadio que por unos días dejó de ser solo casa de un club para ser escenario de una celebración internacional.

La fiesta en el Gigante de Acero: hinchas de Bolivia e Irak llenan Monterrey de cánticos y color