El zumbido de una máquina de tatuar marcaba el ritmo mientras, fuera del estudio, la ciudad parecía aún celebrarla: Monterrey había vivido un partido histórico y uno de sus visitantes decidió convertir ese recuerdo en algo permanente.
Ahmed Husam, aficionado iraquí que viajó a México para acompañar a la selección de Irak en el repechaje disputado en Monterrey, acudió a un tatuador para plasmar en su brazo símbolos vinculados a la experiencia que vivió en la ciudad. El diseño incluyó el Cerro de la Silla, la bandera de México y la fecha del encuentro, elementos que el propio Husam compartió en sus plataformas digitales durante el proceso.
La promesa que había hecho durante su estancia en la Sultana del Norte se convirtió en un acto público: tras la clasificación de Irak al Mundial 2026, Husam publicó imágenes y videos del tatuaje y se dirigió a la ciudad con un breve mensaje que resumió su decisión: “Una promesa es una promesa.”
La historia resonó en redes y medios, donde se destacó la conexión entre el aficionado y la afición local; usuarios mexicanos y seguidores internacionales replicaron las publicaciones y celebraron el gesto como un símbolo de fraternidad entre hinchas.
Más allá del tatuaje, el episodio se inscribe en la atención que generó la presencia de seguidores internacionales en Monterrey durante el repechaje, y en las anécdotas que suelen acompañar a los grandes momentos del futbol: recuerdos que algunos deciden conservar de manera literal, en la piel.


