Divorciarse después de los 60 años dejó de ser una situación excepcional en Estados Unidos. La proporción de adultos de 65 años o más que estaban divorciados pasó de 5.2% en 1990 a 15.2% en 2022, mientras más personas deciden terminar matrimonios de varias décadas y reconstruir su vida durante la vejez.
El fenómeno, conocido como divorcio gris, está relacionado con una mayor esperanza de vida, la reducción del rechazo social hacia la separación y una mayor autonomía económica de las mujeres. La ruptura también plantea nuevos desafíos para la vivienda, las pensiones, los ahorros para el retiro y las redes de cuidado.
Una tendencia que casi se triplicó
Datos del Centro Nacional de Investigación sobre Familia y Matrimonio de la Universidad Estatal de Bowling Green muestran que el porcentaje de adultos divorciados de 65 años o más casi se triplicó entre 1990 y 2022. El cambio contrasta con la evolución general del divorcio, que ha disminuido en otros grupos de edad.
En 2019, la tasa de divorcio entre personas casadas de 65 años o más llegó a 5.60 por cada mil, frente a 1.79 en 1990. El aumento se observó tanto entre quienes tenían de 65 a 74 años como entre los mayores de 75.
La longevidad no provoca por sí sola la separación, pero amplía el tiempo que una persona puede esperar vivir después de los 60 o 65 años. Para algunas parejas, esa perspectiva vuelve más difícil aceptar una relación insatisfactoria o distante durante las siguientes dos décadas.
La jubilación y la salida de los hijos hacen visibles los conflictos
Durante los años de crianza, el trabajo y las obligaciones domésticas pueden mantener ocupada a una pareja y reducir el tiempo para enfrentar problemas de fondo. Cuando los hijos se independizan o llega la jubilación, aumentan las horas de convivencia y pueden quedar expuestas diferencias que antes se aplazaban.
La falta de intereses compartidos, los proyectos incompatibles, la distancia emocional y la ausencia de intimidad aparecen entre las razones señaladas para explicar estas rupturas. Sin embargo, las investigaciones no han demostrado que la salida de los hijos sea, por sí misma, la causa del divorcio.
La generación nacida entre 1946 y 1964 también llegó a la vejez con una historia matrimonial distinta. Muchas personas se casaron jóvenes, se divorciaron y formaron una segunda unión, que puede enfrentar mayores dificultades por la existencia de hijos de relaciones anteriores, patrimonios separados y obligaciones económicas complejas.
El costo económico de empezar de nuevo
Una separación después de varias décadas obliga a dividir la vivienda, las pensiones y los ahorros destinados a la jubilación. El impacto puede ser mayor para quienes dejaron de trabajar para cuidar a sus hijos o para quienes se acercan al retiro sin posibilidades reales de recuperar ingresos.
La independencia económica de las mujeres ha convertido el divorcio en una opción más viable para quienes antes dependían de su pareja. No obstante, contar con autonomía para terminar el matrimonio no garantiza seguridad financiera después de la separación.
Los hombres que delegaron durante años la administración del hogar también pueden enfrentar dificultades al vivir solos, desde organizar sus gastos hasta resolver tareas cotidianas. Por ello, el proceso requiere decisiones sobre patrimonio, vivienda, seguros, jubilación y posibles necesidades de atención médica.
Consecuencias emocionales y familiares
Romper una relación de 20, 30 o 40 años puede modificar la identidad personal y la vida social. Cambian el apellido, la casa, las rutinas, las amistades y los recuerdos construidos en pareja; además, pueden aparecer sentimientos de culpa, miedo, duelo, rechazo o alivio.
La soledad puede aumentar cuando los amigos comunes se distancian, la movilidad disminuye o una de las personas dependía de su cónyuge para mantener sus vínculos sociales. También pueden presentarse insomnio, fatiga, cambios en el apetito y dificultades para concentrarse, señales que requieren atención profesional cuando persisten.
Los hijos adultos y los nietos tampoco quedan al margen. Pueden sentirse obligados a actuar como intermediarios, tomar partido o asumir tareas domésticas, citas médicas y decisiones relacionadas con centros de atención prolongada.
Cuando uno de los integrantes de la pareja dependía del otro para recibir cuidados, el divorcio elimina al cuidador conyugal previsto. Esa responsabilidad puede trasladarse a los hijos o a los nietos mayores y modificar la organización de toda la familia.
El aumento de los divorcios después de los 60 años refleja una transformación en la manera de entender la vejez. Para algunas personas, la separación representa una pérdida material y emocional; para otras, la posibilidad de vivir con mayor autonomía una etapa que puede extenderse por muchos años.

