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Antonio Ortuño y El amigo muerto: amistad, violencia y la ciudad después de la caída de El Mencho

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Llegó a la Ciudad de México con el rostro cansado de quien ha retrasado un vuelo por motivos que no son solo meteorológicos: la crisis de seguridad en Jalisco obligó a detener viajes y a posponer presentaciones. Ortuño había desempolvado un manuscrito de juventud para convertirlo en El amigo muerto (Seix Barral), y viajó para presentarlo mientras la ciudad de origen aún se recuperaba de los efectos del operativo que llevó a la captura y muerte de Nemesio Oseguera, ‘El Mencho’, el 22 de febrero de 2026.

La novela parte de una imagen precisa: una bala perdida en una riña que mata a un muchacho y, desde el más allá, le envía mensajes a su amigo. Ese híbrido entre costumbrismo y fantasía le permitió a Ortuño explorar la precariedad, la amistad y la violencia que ya se insinuaban en su primera versión escrita décadas atrás, y que hoy se leen a la luz de episodios vivos en la ciudad que lo formó.

Ortuño recuerda una infancia marcada por episodios extremos de violencia en Guadalajara y sitúa su escritura en un recorrido personal e histórico: comenzó a escribir en 1994, en un contexto en el que el país vivía convulsiones políticas y sociales. Para el autor, la actual recrudecida de la violencia no aparece de la nada; tiene raíces que se consolidaron mucho antes de los hechos recientes.

Sobre la función de la literatura frente a la urgencia informativa, Ortuño distingue ritmos y alcances: “La literatura escribe más epitafios que denuncias”. Esa frase sintetiza su postura de quien, siendo lector y autor, valora la perspectiva y la distancia que el tiempo otorga para interpretar lo vivido, sin pretender sustituir el trabajo inmediato del periodismo.

La detención y muerte de El Mencho provocaron reacciones que alteraron la vida cotidiana en Guadalajara: narcobloqueos y medidas de seguridad que dejaron calles y comercios cerrados y a buena parte de la población recluida por horas. Ortuño compara esa desolación con momentos previos de crisis en la ciudad y con el encierro vivido durante la pandemia, y advierte sobre las consecuencias económicas y sociales que se prolongarán en el corto y mediano plazo.

En su reencuentro con aquel texto juvenil, el autor buscó preservar la esencia original sin convertir la obra en mera nostalgia: mantuvo la voluntad de contar una historia eficaz y de mostrar el gozo y la camaradería que también persisten en medio de la precariedad. Para Ortuño, la amistad sigue siendo el motor de la novela, un vínculo capaz de sostener a los personajes frente a lo perturbador del entorno.

Al final, la entrevista y la reedición de su primera novela funcionan como una reflexión sobre cuánto puede explicar la literatura de las heridas colectivas y cómo la memoria estética ayuda a recalibrar lo que vivimos. En palabras del propio autor, su objetivo es contar bien y dejar que las páginas sirvan para entender, más que para dar respuestas inmediatas.

Antonio Ortuño y El amigo muerto: amistad, violencia y la ciudad después de la caída de El Mencho